
Más que preguntarse uno quién es debería preguntarse con quién está. Pensémoslo más de un segundo: si desde épocas remotas el hombre gasta gran parte de su tiempo y empeña una buena cuota de energía preguntándose quién es, porque no se entiende -y menos aún se conoce- cómo esperamos que el panorama sea más alentador con aquellos que son ajenos a nuestra carne y hueso?. Claro. Mejor no pensarlo. Mejor confiar, suponer que el otro va a ser, en su esencia, -que a mi criterio es lo que más importa-, igual a uno. Mejor vivir en la oscuridad de los supuestos, porque la claridad de la realidad es tan cegadora e implacable que preferimos no verla. Quedarnos adentro de la caverna, opinaría Platon, es mas cómodo. Más práctico y hasta llevadero, teniendo en cuenta que nuestros minutos están contados y no son más que unos cuantos granos de arena que se pierden en la infinidad del mar. Cuánto se aprovecha el hombre del beneficio de la duda, cuánto. Se lo fuerza hasta el extremo. Es justamente el no saber, esa ignorancia, lo que retroalimenta el autoengaño. Es esa esperanza teñída de duda, hija del desconocimiento, la que a veces nos permite pasar por alto señales tan claras, empapadas de verdad. Disfrazar la claridad de ambiguedad, a eso venimos - o eso parece. A suavizar lo que es absoluto, a convertir lo que es en lo que podría ser, para proyectar en aquella vacilación lo que anhelamos en lo más profundo de nuestras entrañas. A negar para no extinguir la poca esperanza que nos queda de manera abrupta y mordaz.
Cuando entendamos que la desnudez es vulnerabilidad, comprenderemos por qué el sexo es un acto íntimo, o debería serlo para todo aquel que se respeta. Cuando entendamos que la desnudez es la total exposición, que es la claridad, comprenderemos por qué jugamos a este juego de claroscuros, moviéndonos como piezas de un ajedrez ecléctico y lunar. Nos gusta vivir en las sombras, no sólo porque sea más fácil, sino también porque es lo menos doloroso. Nadie quiere ver sus cicatrices constantemente; cuanto más tiempo pueda ignorarlas, mejor.
Ahora bien, si en la oscuridad vivimos, sabemos que lo que nos rodea no son más que sombras y distorciones. Sabemos que lo que tomamos como real es una realidad diluída hasta la deformación.
Los demás nos lastiman y muchas veces nosotros los dejamos lastimar. La gente avanza hasta donde uno la deja avanzar; la búsqueda del límite es constante. Cuando pasamos por alto las señales que se nos presentan los estamos dejando avanzar impunemente sobre nosotros, embestirnos con la ímpetu de aquel que llega sin que lo inviten. No alarms and no surprises. En el fondo siempre lo supimos y no lo quisimos ver. Saber, ver, ser, se mezclan en un juego de redes sumamente complejo. Lo que vemos nunca reflejará lo que realmente sea; no veremos cosas que sí sabemos, así como ignoraremos lo que sí vemos y sí es. De todo este enjambre cada uno forja su propio laberinto de claroscuros, con el que se da a conocer y se funde entre sus pares. Cuando choca el claro de uno con el oscuro de otro, se forman los grises. Al encuentro entre dos claros los mata la honestidad brutal, así como de la fusión de dos oscuros surgen los engaños cruentos que encontramos en cualquier tragedia. Bleh, maldita autoprotección. Y después nos preguntamos por qué las relaciones son jodidas.
Los demás nos lastiman y muchas veces nosotros los dejamos lastimar. La gente avanza hasta donde uno la deja avanzar; la búsqueda del límite es constante. Cuando pasamos por alto las señales que se nos presentan los estamos dejando avanzar impunemente sobre nosotros, embestirnos con la ímpetu de aquel que llega sin que lo inviten. No alarms and no surprises. En el fondo siempre lo supimos y no lo quisimos ver. Saber, ver, ser, se mezclan en un juego de redes sumamente complejo. Lo que vemos nunca reflejará lo que realmente sea; no veremos cosas que sí sabemos, así como ignoraremos lo que sí vemos y sí es. De todo este enjambre cada uno forja su propio laberinto de claroscuros, con el que se da a conocer y se funde entre sus pares. Cuando choca el claro de uno con el oscuro de otro, se forman los grises. Al encuentro entre dos claros los mata la honestidad brutal, así como de la fusión de dos oscuros surgen los engaños cruentos que encontramos en cualquier tragedia. Bleh, maldita autoprotección. Y después nos preguntamos por qué las relaciones son jodidas.
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