
No había ya nada que pudiera hacer. Le gustaba.
Le gustaba lo descarado y sugerente de sus ojos cuando la miraba. Le gustaba cómo la tocaba, cómo la sabía tocar. Le gustaba la urgencia con la que sus manos recorrían todo su cuerpo, parte por parte, vértebra por vértebra. Le gustaba la forma vulgar que tenía de hablarle en la intimidad, le encantaba.
Le gustaba el magnetismo inquebrantable que unía sus pieles; le gustaban las escenas que el incendio instantáneo del contacto los obligaba a dar, cualquiera fuera el momento y lugar - aunque debe admitir en sus preferencias una cierta inclinación por los lugares públicos-.
Calles, algunas de pequeños pueblos, otras grandes avenidas, baños, bares, baños de bares, plazas, donde fuera, toda la ciudad había sido escenario de alguno de sus juegos. Y es precisamente por eso que todo le recuerda a él.
La deseaba. La deseaba y se lo decía. La deseaba y se lo hacía saber, a veces con palabras complicadas, a veces tierna y tímidamente, a veces - y esto le encantaba- vulgarmente, sin los disfraces poéticos del lenguaje correcto, superando las barreras de la ubicación. Se lo decía mientras la desvestía con urgencia, fuera de sí, pensando en voz alta más que hablándole a ella - de hecho ella dudaba que fuera consciente de que sus pensamientos estaban emitiendo sonido alguno-. Pero ella lo escuchaba. Y esa era, sentía, una forma más de meterse adentro suyo, adentro de su mente. No, no es que le gustara que le faltasen el respeto; bien bastaba con preguntarle a cualquiera para saber con qué severidad se hacía respetar. Pero con él era distinto. Todo, cuando es con él, es distinto.
Le gustaba cómo la sabía hacer sentir, aunque fuera por unos minutos, nada más que un cuerpo. Un cuerpo enajenado. Un cuerpo que solo siente placer. Un cuerpo sin problemas, sin familia, sin amigos, hasta sin identidad, sin procedencia, sin ataduras ni presiones. Un cuerpo, lisa y llanamente. Le gustaba cómo sabía hacerla sentir deseada, deseable, hasta el punto de un autoerotismo narcisista. Le gustaba cómo reducía su universo a lo pulsional, a lo primitivo, cómo la hacía experimentar la humanidad en su manera más básica y pura. Ella podía sentirse siempre una mujer, pero con él... Con él se sentía una mujer en esencia. Experimentaba la idea platónica de ser mujer, la sentía, la hacía casi tangible.
Le encantaba ver cómo reaccionaba a la proximidad, verlo luchar contra sus impulsos. Le gustaba ser objeto de su deseo, y que él se lo manifestara; sentía que tenía algún poder sobre él - y este era otro de sus juegos, otra de sus manipulaciones, hacerla creer que tenía el control cuando era más que claro y evidente que era un corderno indefenso jugando en un campo de lobos-.
Le gustaba, también, porque la cuidaba. La quería ifinita e inescrupulosamente. Confiaba en ella y ella confiaba en él, ciegamente y a pesar de todo. Todavía la asombnraba cómo podían sostener semejante relación. La maravillaba cómo podían pasar de amigos, a cónyuges a amantes segun las circunstancias...
Claro que no era sólo una relación carnal; en un principio lejos estaba de serlo, aunque el destino pareció tener otros planes para ellos. Eso le gustaba también de él. La conocía toda, en todas sus formas, en todos sus estados. La conocía entera, toda; era el único que había podido derribar todos sus muros protectores para dejarla desnuda y vulnerable - otro de sus juegos, quizás ?-. Es por esta razón que sentía que cuando pudiera amarla- pero amarma en toda su complejidad, realmente amarla- la iba a amar como quizás nadie más en este mundo la iba a amar alguna vez. La iba a amar entera, tanto a la unidad, como a cada una de sus partes. De un amor descomunal, idílico, cuyos límites es imposible fijar, de este tipo de amor se trata.
Con qué habilidad cirujana sabía diseccionar cada una de sus partes, para quedarse con la de su mayor agrado y hacersela sentir, pero realmente sentir, sentir hasta el infinito, sentir en nuevas dimensiones.
Con él había aprendido lo que era el deseo, el deseo en su esencia. Con él había aprendido lo que era querer a alguien con absolutamente cada centímetro y cada víscera. Con él había conocido los celos, habría sufrido por ellos, había jugado los desagradables pero tentadores juegos que estos ofrecen. Con él había entendido lo que era sentirse querida, escuchada, deseada.
Con él había sentido todo, pero en un nuevo nivel, con una intensidad impensada, asesina, hasta violenta, que hacía insignificante a todo -y a todos- los demás. Con él se había iniciado en el tortuoso, pero dulce camino del sufrir por amor.
Por qué, sin embargo, no la dejaba quererlo? Por qué no le permitía, más que esporádicamente, y a su antojo, ser suya y sólo suya, naufragar en la isla de sus brazos, en el hogar de su pecho, no más que refugiarse bajo el ala protectora de su espalda, de sus besos. Por qué? Por qué todo a cuentagotas, si lo tenían, en apariencia, todo?.
Hay que aprender que a veces nada alcanza. Querer y desear a veces no hacen al amor, no al sano. Sin embargo, cito, la pasión por definición es un exceso. Los excesos no son sanos. Amar con esta intensidad, tampoco. Jamás puede, ni va a serlo. Los excesos no son sanos, pero seducen. Seducen peligrosamente.
A veces la gente prefiere jugar juegos, aunque lo que esté sobre el tablero exceda cualquier tipo de medida. A veces la gente prefiere jugar juegos, aunque lo que esté sobre el tablero sea todo, absolutamente todo. El éxtasis del azar, el devenir de la incertidumbre, cargada de lujuria y riesgos. Ese constante (des)equilibrio entre el blanco y el negro, ese vaivén vertiginoso que nos hace sentir realmente vivos. Mejor así. Todo o nada - y ese es tu juego favorito-. Por eso me quedo, por eso me quedo con vos. Porque me es imposible, literalmente imposible vivir con que trae aparejada la nada: perder, perderte. Hasta suena insoportable siendo no más que ocho caracteres en un monitor. Me quedo en este limbo por la eterna promesa del todo, un todo que, sospecho, nunca va a llegar. Pero no puedo irme al mazo. No ahora. No puedo.
Y terminó con esta reflexión su cigarrillo, uno de los tantos.
