jueves, 3 de marzo de 2011

Seeing other people (at least that's what we say we are doing)


No había ya nada que pudiera hacer. Le gustaba.
Le gustaba lo descarado y sugerente de sus ojos cuando la miraba. Le gustaba cómo la tocaba, cómo la sabía tocar. Le gustaba la urgencia con la que sus manos recorrían todo su cuerpo, parte por parte, vértebra por vértebra. Le gustaba la forma vulgar que tenía de hablarle en la intimidad, le encantaba.
Le gustaba el magnetismo inquebrantable que unía sus pieles; le gustaban las escenas que el incendio instantáneo del contacto los obligaba a dar, cualquiera fuera el momento y lugar - aunque debe admitir en sus preferencias una cierta inclinación por los lugares públicos-.
Calles, algunas de pequeños pueblos, otras grandes avenidas, baños, bares, baños de bares, plazas, donde fuera, toda la ciudad había sido escenario de alguno de sus juegos. Y es precisamente por eso que todo le recuerda a él.
La deseaba. La deseaba y se lo decía. La deseaba y se lo hacía saber, a veces con palabras complicadas, a veces tierna y tímidamente, a veces - y esto le encantaba- vulgarmente, sin los disfraces poéticos del lenguaje correcto, superando las barreras de la ubicación. Se lo decía mientras la desvestía con urgencia, fuera de sí, pensando en voz alta más que hablándole a ella - de hecho ella dudaba que fuera consciente de que sus pensamientos estaban emitiendo sonido alguno-. Pero ella lo escuchaba. Y esa era, sentía, una forma más de meterse adentro suyo, adentro de su mente. No, no es que le gustara que le faltasen el respeto; bien bastaba con preguntarle a cualquiera para saber con qué severidad se hacía respetar. Pero con él era distinto. Todo, cuando es con él, es distinto.
Le gustaba cómo la sabía hacer sentir, aunque fuera por unos minutos, nada más que un cuerpo. Un cuerpo enajenado. Un cuerpo que solo siente placer. Un cuerpo sin problemas, sin familia, sin amigos, hasta sin identidad, sin procedencia, sin ataduras ni presiones. Un cuerpo, lisa y llanamente. Le gustaba cómo sabía hacerla sentir deseada, deseable, hasta el punto de un autoerotismo narcisista. Le gustaba cómo reducía su universo a lo pulsional, a lo primitivo, cómo la hacía experimentar la humanidad en su manera más básica y pura. Ella podía sentirse siempre una mujer, pero con él... Con él se sentía una mujer en esencia. Experimentaba la idea platónica de ser mujer, la sentía, la hacía casi tangible.
Le encantaba ver cómo reaccionaba a la proximidad, verlo luchar contra sus impulsos. Le gustaba ser objeto de su deseo, y que él se lo manifestara; sentía que tenía algún poder sobre él - y este era otro de sus juegos, otra de sus manipulaciones, hacerla creer que tenía el control cuando era más que claro y evidente que era un corderno indefenso jugando en un campo de lobos-.
Le gustaba, también, porque la cuidaba. La quería ifinita e inescrupulosamente. Confiaba en ella y ella confiaba en él, ciegamente y a pesar de todo. Todavía la asombnraba cómo podían sostener semejante relación. La maravillaba cómo podían pasar de amigos, a cónyuges a amantes segun las circunstancias...
Claro que no era sólo una relación carnal; en un principio lejos estaba de serlo, aunque el destino pareció tener otros planes para ellos. Eso le gustaba también de él. La conocía toda, en todas sus formas, en todos sus estados. La conocía entera, toda; era el único que había podido derribar todos sus muros protectores para dejarla desnuda y vulnerable - otro de sus juegos, quizás ?-. Es por esta razón que sentía que cuando pudiera amarla- pero amarma en toda su complejidad, realmente amarla- la iba a amar como quizás nadie más en este mundo la iba a amar alguna vez. La iba a amar entera, tanto a la unidad, como a cada una de sus partes. De un amor descomunal, idílico, cuyos límites es imposible fijar, de este tipo de amor se trata.
Con qué habilidad cirujana sabía diseccionar cada una de sus partes, para quedarse con la de su mayor agrado y hacersela sentir, pero realmente sentir, sentir hasta el infinito, sentir en nuevas dimensiones.
Con él había aprendido lo que era el deseo, el deseo en su esencia. Con él había aprendido lo que era querer a alguien con absolutamente cada centímetro y cada víscera. Con él había conocido los celos, habría sufrido por ellos, había jugado los desagradables pero tentadores juegos que estos ofrecen. Con él había entendido lo que era sentirse querida, escuchada, deseada.
Con él había sentido todo, pero en un nuevo nivel, con una intensidad impensada, asesina, hasta violenta, que hacía insignificante a todo -y a todos- los demás. Con él se había iniciado en el tortuoso, pero dulce camino del sufrir por amor.
Por qué, sin embargo, no la dejaba quererlo? Por qué no le permitía, más que esporádicamente, y a su antojo, ser suya y sólo suya, naufragar en la isla de sus brazos, en el hogar de su pecho, no más que refugiarse bajo el ala protectora de su espalda, de sus besos. Por qué? Por qué todo a cuentagotas, si lo tenían, en apariencia, todo?.
Hay que aprender que a veces nada alcanza. Querer y desear a veces no hacen al amor, no al sano. Sin embargo, cito, la pasión por definición es un exceso. Los excesos no son sanos. Amar con esta intensidad, tampoco. Jamás puede, ni va a serlo. Los excesos no son sanos, pero seducen. Seducen peligrosamente.
A veces la gente prefiere jugar juegos, aunque lo que esté sobre el tablero exceda cualquier tipo de medida. A veces la gente prefiere jugar juegos, aunque lo que esté sobre el tablero sea todo, absolutamente todo. El éxtasis del azar, el devenir de la incertidumbre, cargada de lujuria y riesgos. Ese constante (des)equilibrio entre el blanco y el negro, ese vaivén vertiginoso que nos hace sentir realmente vivos. Mejor así. Todo o nada - y ese es tu juego favorito-. Por eso me quedo, por eso me quedo con vos. Porque me es imposible, literalmente imposible vivir con que trae aparejada la nada: perder, perderte. Hasta suena insoportable siendo no más que ocho caracteres en un monitor. Me quedo en este limbo por la eterna promesa del todo, un todo que, sospecho, nunca va a llegar. Pero no puedo irme al mazo. No ahora. No puedo.
Y terminó con esta reflexión su cigarrillo, uno de los tantos.

martes, 1 de febrero de 2011

Ruleta rusa (palabras filosas)


Estás acostumbrado a tener ese efecto, no es cierto? Sí, me lo dijiste. Me reí. Me causó gracia. Pero ahora lo entiendo todo. Ahora entiendo que las palabras son en realidad de lo más peligroso que existe. Las palabras al ser pronunciadas cobran vida. Nos hacen sentir. Desatan el fuego mismo, incontrolable, de las historias que cuentan. Lo importante de las palabras no es aquel fluir de letras, sino lo que la corriente deja leer entre lineas. El error que cometí al subestimar su poder...
Es que cuando abriste la boca yo solo quería mirarla. Quería mirar - admirar- la perfecta armonía que lograban los labios con el resto del cuadro que es tu cara. Quería empaparme de esa desprolijidad fríamente calculada que hace a tu imagen, cuidadosamente descuidada, por supuesto. "Sin compromisos", grita.
Por qué? Por qué tanta crueldad? No ves que la carne es débil?. Adivinando el poder de hipnosis que tenían tus ojos sobre los míos me sujetaste con firmeza la cara a medio centímetro de la tuya - lo juro, no era más que medio centímetro-. Y lo sé porque nuestros cuerpos ya no eran dos, sino que se fundían en uno. Lo sé porque tu respiración suave, pero decidida, me acariciaba, lo puedo jurar.
Me clavaste la mirada. Mientras me perdía en esos puñales del marrón más brillante empezaste a decirme lo que a mi me parecían lejanos balbuceos. ..Sí, algo en mi inconsciente seguía el hilo de tus palabras, pero me era imposible hacer real foco en ellas; la proximidad, tus ojos, la tensión casi tangible entre los dos...
Me dejé llevar. No medí. No me di cuenta que el mar de palabras que salía de tu boca -y qué boca linda la tuya- cobraba vida con cada segundo que pasaba. No me di cuenta que ese fluir de palabras constituiría la ola que me envestiría despiadadamente luego.
Hay algo tan atractivo en vos..No puedo dictaminar exactamente qué es, pero su poder, te aseguro, es magnético. Es esa incertidumbre, esas ganas de conocer - conocerte-, de ver qué hay atrás de la pose lo que no me deja alejarme, no me deja escapar de tu magnetismo.
En un acto impulsivo, quizás, tomé tu mano. Para mí sorpresa tomaste la mia, hasta con algo de firmeza. Mirandolo en retrospectiva, qué lindo fue. Qué lindo fue tomarte de la mano, que ambos fueramos cómplices de aquella farsa de afecto, al menos hasta que todo hubiera terminado. Qué lindo fue, incluso si no fue más que un espejismo...
Y qué distinto fue para ambos. Más pasan las horas, más repito la película en mi cabeza, más la pienso - te pienso-, para atesorar en mi memoria cada momento, cada gesto, cada roce. No quiero que te vayas. Hago todo lo posible para retenerte y que no te vayas. Al menos no mentalmente. Al menos no del todo.
No sé por que, cómo, ni cuando, pero algo se desató esa noche. Alguna mecha se encendió y hace que me esté consumiendo ahora lentamente. Hace que me descubra pensandote a cada segundo, escuchando tus canciones, repitiendo escenas en mi cabeza con el mayor detalle que la nebulosa de los recuerdos embebidos en alcohol me permiten.
Te extraño? Por Dios, no, eso es absurdo. Pero no puedo parar de pensarte. No quiero que te vayas, no del todo. Me rehuso. Estoy emprendiendo una batalla contra el paso del tiempo.
Me siento tan estúpida. Me siento tan estúpida sintiendo algo que sé con certeza que no estás ni cerca de sentir. Pensando en alguna conexión hasta metafísica, que es más que claro y evidente que yo sola viví.
Quiero escuchar de vos. Quiero saber de vos. Pero no va a pasar. Dudo que alguna vez vuelva a verte si tengo que ser totalmente honesta- honesta conmigo misma, sobre todo.
Todo, pues, absolutamente todo queda librado al azar. Le estoy apostando todas mis fichas al azar, incluso cuando el juego jamás fue mi fuerte. (Tengo realmente otra opción?)
Ruleta rusa. Ruleta rusa y te aposté todas mis fichas. Ruleta rusa y sé con certeza que voy a perder, pero aún así espero. Espero. Te espero.